Hoy quisiéramos publicar este texto que María Jesús González Díaz (presidenta de ASA) escribió hace poco más de tres años pero que, a pesar del paso del tiempo, creemos que sigue estando de total actualidad.

Os animamos a leerlo y, como siempre, cualquier comentario al respecto será bienvenido.

 

 

La arquitectura siempre ha tenido, por definición, un compromiso con su tiempo y ha de ser capaz de interpretar y conocer la realidad para poder ejercerse. Una buena arquitectura conoce las necesidades de su momento, las demandas de los usuarios, y ha de incluir entre sus valores el beneficio para la sociedad. Este aspecto de la disciplina arquitectónica requiere no sólo conocer y dominar la técnica constructiva, sino también ser capaz de captar las peculiaridades del momento histórico: de otra forma, el resultado estaría desfasado. 
Conocer cuales son estas características de nuestro propio tiempo, pensar el presente, implica un cierto esfuerzo de síntesis y observación de la realidad algo complejo, pero algunos aspectos son ya evidentes. Hay un nuevo concepto del entorno, que supera los límites hasta ahora utilizados de tiempo y lugar. El límite de tiempo es ahora intergeneracional: se nos dice que hemos de procurar el bienestar de nuestra generación, pero también hemos de tener presente el de las próximas. Al mismo tiempo hay un nuevo concepto del espacio: la escala de las cuestiones medioambientales ha borrado los límites entre países para convertirse en problemas que repercuten en todos los mundos, industrializados o no, y que abarcan a todo el planeta. 
Otra característica es la preocupación constante por los problemas ambientales, cuyo conocimiento se ha agrandado con la explosión de redes de información y comunicación. Algunos conceptos nuevos, como el de la huella ecológica, nos ponen de manifiesto y con cifras las desigualdades entre diferentes países del planeta, y sus implicaciones en los impactos ambientales. Han aparecido nuevas ciencias ambientales, nuevas reflexiones sobre el gasto de los recursos, sobre el estado del planeta, incluso con su particular lenguaje, lo que se ha llamado “medioambientalismo”. Simultáneamente, existe el convencimiento de que los problemas de atención a la sociedad no han desaparecido, y que hay que asumir que hay desequilibrios en nuestra misma sociedad del bienestar. 

Si reconocemos estos rasgos como los propios de nuestro tiempo, la arquitectura debe reflejarlos. La llamada arquitectura sostenible -denominación equivalente en su contexto a otras como arquitectura ecológica, o de bajo impacto medioambiental, verde, “green”, etc – es una respuesta, de forma consciente o inconsciente, a este nuevo panorama del medioambientalismo aplicado al mundo de la edificación. Lo que en principio fue una reacción a los retos energéticos que favorecían el cambio climático se ha convertido poco a poco en un problema más complejo. El estudio de una arquitectura menos consumidora de energía, como primer problema urgente a resolver, ha devenido progresivamente en estudios de más riqueza y profundidad. Los primeros estudios sobre esta materia se centraban en la eficiencia energética como paradigma: este objetivo ha ido modificándose poco a poco, matizándose, incluyendo criterios económicos, y más adelante criterios sociales, socio-culturales e históricos. Esta ampliación y matización en los objetivos ha alcanzado a la construcción civil, a las infraestructuras, al entorno edificado, a la intervención sobre el terreno y el paisaje, a la biodiversidad, a la naturaleza entendida como ente propio. En definitiva, están abarcando todos los aspectos de las arquitecturas: el total entorno del hombre. 
Este sentido ahora universalmente compartido de que la arquitectura se asienta sobre una Naturaleza que ha de ser respetada, y de que el hombre ya no es el centro de un planeta sino que forma parte de él, en nuestra creciente cultura no-antropocéntrica, impone una nueva ética de la arquitectura. La arquitectura de cada tiempo ha tenido su propia ética, y la época que actualmente vivimos posee la suya, de marcado talante medioambientalista. Y este camino es el que la arquitectura debe seguir, sin que la entropía generada por la resistencia de nuestra estructura geopolítica y macroeconómica reduzca su razón de ser. ¿Cuáles son ahora mismo estos retos de carácter ético? Son criterios de equidad y justicia social, aplicados a todo el planeta, una vez excluidas las fronteras de tiempo y espacio. Es construir para todos, incluyendo en el “todos” los habitantes actuales del planeta y sus habitantes futuros. Es construir respetando la Naturaleza, lo que encierra el reconocimiento a la existencia y mantenimiento de toda la biodiversidad, utilizando para ello como herramienta los apoyos científicos y técnicos que ahora se poseen. 

Queda todavía por determinar cómo se hace el paso de la teoría a la práctica, cómo tener presente en la mente un temario tan global mientras se ejerce una profesión mercantilizada, dura, y ahora además en crisis. En estas mismas páginas, el artículo “Imagine: John Lenon” lo explica muy bien. La arquitectura es función, es técnica y es belleza, sin que la escala de trabajo de cada programa disminuya la dignidad de cada uno de estos aspectos. La aportación de nuestra época al proceso arquitectónico consiste más en la aplicación de los conocimientos sobre el medioambiente que en utilizar materiales o tecnologías constructivas extraordinarias y novedosas. Estos nuevos conocimientos ambientales son técnicas de apoyo, herramientas que nos facilitan esta labor de no despreciar los grandes problemas en nuestro modesto trabajo cotidiano y de dar servicio al usuario de nuestro tiempo. 
Tenemos pues una nueva oportunidad de desarrollar nuestra capacidad creativa: la buena arquitectura no perderá interés, sino que se enriquecerá con nuevos conocimientos, será más precisa, más perfecta, mejor. Podemos utilizar este conocimiento para hacer una arquitectura, un urbanismo y unos espacios públicos más ricos, más adecuados para el ser humano que va a utilizarlos, pero además de eso, más equitativos con los demás. Si pensamos y reflexionamos el presente, y tenemos en nuestra mano este nuevo conocimiento, ¿cómo ignorarlo? No cabe la pasividad o el ensimismamiento en meros ejercicios de estilo. Aplicar este conocimiento es un problema de ética arquitectónica, una vuelta de tuerca más de nuestra profesión, la energía de una nueva vanguardia. Ética entendida como ética laica, de valores comunes a la sociedad civil, esa necesidad innegable de buscar “lo mejor” para todos. Es una oportunidad única, abierta, para mostrar nuestra creatividad. Es una actitud irrenunciable. 

Texto escrito por María Jesús González Díaz.

 

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* Este artículo ha sido escrito con carácter divulgativo y sin ningún tipo de ánimo de lucro. Así que si te apetece compartirlo en cualquier otro medio, estaremos encantados de que lo hagas siempre y cuando cites el lugar donde lo has encontrado.

 

* ASA, Asociación Sostenibilidad y Arquitectura es una asociación de arquitectos y urbanistas que integra los trabajos que se llevan a cabo sobre sostenibilidad, medio ambiente, biodiversidad y cambio climático, para potenciar su aplicación, difusión, investigación y colaboración.

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