Os invitamos a leer este artículo escrito por la socia de ASA y miembro de Sinergia Sostenible, Amaya González.

En Septiembre del año pasado se derribó la antigua cárcel de Pamplona dentro de una estrategia política bastante sospechosa y opaca a los ciudadanos. El proceso se desarrollaba a una velocidad estratosférica tratándose de la administración, y máxime en época estival. En junio de 2012 se trasladó al último preso a la nueva cárcel. A finales de Agosto salen las primeras noticias en los periódicos del inminente derribo de la cárcel y ya a finales de Septiembre el edificio se estaba demoliendo.

Desde la asociación Sinergia Sostenible nos dimos cuenta del atropello que se estaba realizando a la participación ciudadana, a ese sentir ciudadano hacia un edificio representativo de la ciudad. Pusimos voz al tremendo oscurantismo en que se veía envuelto el devenir de la edificación, y así la ciudadanía, dentro de las limitaciones del momento, pudo reaccionar a tiempo y se recogieron cientos de firmas, de profesionales de la arquitectura y cultura en general, en contra del derribo inmediato del mismo.

Llamaba la atención que el derribo de un edificio de evidente valor patrimonial no viniera precedido de los correspondientes informes técnicos que valoraran su interés. Incluso, en el momento en que empieza a derribarse, el Colegio de Arquitectos Vasco-Navarro estaba redactando el informe pertinente de interés histórico-patrimonial. El arquitecto responsable del edificio de la cárcel fue Julián Arteaga, conocido por interesantes obras repartidas por la ciudad. ¿Por qué la antigua cárcel no adquiría consecuentemente la misma importancia?

Abogábamos por no derribar la antigua cárcel, estableciendo jornadas de puertas abiertas y procesos participativos en donde se analiza el futuro uso de las cárceles tal y como se hizo en las de Málaga, Segovia, Lugo y A Coruña, entre otras. Éstas últimas, y otras muchas, están o han estado sometidas a un debate público, que siempre ha acabado con la defensa de la reutilización del edificio (interesante el proceso asambleario propuesto en el caso de A Coruña a través del Proxecto Cárcere y el movimiento en las redes sociales generado a través del Foro de la Antigua Prisión Provincial de Málaga).

No hace falta investigar mucho para asegurar una viabilidad de usos para un edificio de estas características. Sin salir de la geografía nacional, podemos hallar respuestas en otras intervenciones o proyectos similares.

El uso más habitual es el de dotación cultural. En Palencia, recientemente, se ha habilitado un centro cultural y vivero de empresas artísticas en la antigua cárcel; Lugo abrirá próximamente un centro similar; por su parte, Oviedo alberga en su abandonada prisión el Archivo Histórico de Asturias; en la de Navalmoral de la Mata se construirá un espacio para la creación joven; otros consistorios proponen usos culturales e híbridos, como es el caso de A Coruña (centro socio-cultural y de la memoria),  Murcia (centro de cultura, junto con plataforma para empresas de comercio justo), Cáceres (centro de arte joven), etc.

Otro grupo de cárceles son aquellas que se dedican a usos administrativos, donde destaca el caso de la Ciudad Administrativa de Valencia, fruto de la rehabilitación de la Antigua Cárcel Modelo; otro ejemplo lo encontramos en Nules (Castellón), remodelada para usos municipales y servicios sociales. Por su parte, en Manzanares (Ciudad Real), han acondicionado su viejo penal como centro de salud y en Ourense se construirá un hotel termal.

Ante la abrumadora mayoría de ejemplos en los que las cárceles en desuso son rehabilitadas, no podemos menos que lamentar el derribo de la cárcel pamplonesa como parte de la memoria histórica de la ciudad, del patrimonio construido y como un edificio de grandes posibilidades. Se suma a lo dicho el argumento, sobradamente demostrado, de que la rehabilitación es mucho más eficiente y sostenible que la demolición y posterior construcción de cualquier dotación. No solo eso, sino que además se pierde una oportunidad valiosísima de involucrar a la ciudadanía en un proceso participativo desde donde plasmar sus verdaderas necesidades, de generar un proceso abierto y adaptado al desarrollo económico tan delicado en el que nos encontramos. Al fin y al cabo, de sentirse valorados como una opinión más.

 

 

Amaya González Sierra en representación de la asociación Sinergia Sostenible

 

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* Este artículo ha sido escrito con carácter divulgativo y sin ningún tipo de ánimo de lucro. Así que si te apetece compartirlo en cualquier otro medio, estaremos encantados de que lo hagas siempre y cuando cites el lugar donde lo has encontrado.

 

* ASA, Asociación Sostenibilidad y Arquitectura es una asociación de arquitectos y urbanistas que integra los trabajos que se llevan a cabo sobre sostenibilidad, medio ambiente, biodiversidad y cambio climático, para potenciar su aplicación, difusión, investigación y colaboración.

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